Mujeres
De las Niñas del Patio a ser… Mujeres que Corren con los Lobos
La semana pasada fue para mí muy sensorial, intensa, en la que he estimulado todos mis deseos y sentidos.
El martes, de manera azarosa, acabé viendo Una investigación pornográfica, una expresión intensa y elegante de la teoría King Kong de Virgine Despentes. Provocadora, irreverente, nos habla de la reapropiación del deseo, como ella decía: “Me gusta ser lo que soy, más deseante que deseable”.
El jueves, Cata a Oscuras. Un baño de cuatro sentidos. Una verdadera inmersión en la atención plena, comida deliciosa en la más absoluta negrura. La autentica presencia siempre me fascina.
Y por fin, el viernes llegó uno de mis sueños, la representación de algunos cuentos de Mujeres que Corren con los Lobos, adaptación del libro de Clarissa Pinkola Estés.
“En cada mujer existe una fuerza poderosa, dotada de instintos positivos, creatividad y de un conocimiento sin limites. Esta clase de Mujer Salvaje está en peligro de extinción.”
En mi caso como el de muchas mujeres, ha sido un libro guía. La autora persiguió y reunió cuentos de mujeres por todo el mundo y de su mano nos acompaña a desenredar el mensaje de estas historias sanador para la psique de las mujeres.
Aprendí a volver a leerlo gracias a mi terapeuta, quien me recomendó empezar por el capítulo 6, “El patito feo”. Yo también recomiendo empezar por el cuento que lata o inspire en cada momento vital. Y aquí, en Madrid, cuatro maravillosas mujeres lo llevan a la piel.
Pero, ¿qué es lo que quiero compartir hoy? El viaje que hacemos las mujeres de ser niñas de patio a lobas. Algunas elegimos ese camino. A pesar de que está claro que el patriarcado empuja a enfrentarnos entre nosotras, no sé si tenemos tan presente cómo y qué hacemos.
Así pues, viajemos en el tiempo. A la época de los patios, da igual si el colegio o instituto era mixto o no y si llevabas uniforme o no. Había algo terrible que te podía pasar, un dolor desgarrador imposible de sostener: que tu amiga no te hablara, o que tu grupito te dejara de lado.
Era difícil ser chica, sobre todo si no respondías a todos y cada uno de los cánones. En mi época era jugar a la goma, cambiar sobres y enroscarse la falda. Y, sobre todo, había que pegarse a alguna niña que por algún motivo fuera referente.
En estos años se da un auténtico enamoramiento de amistad, donde la vida de las niñas y adolescentes gira entorno a la fusión amistosa. Donde las peleas se viven como auténticos duelos amorosos.
Los chicos, en un principio, tienen códigos más claros, estás dentro o fuera. Nos podemos pegar, pero al rato jugamos juntos. Ellos pasan por otras miserias.
Esta intensidad amistosa no tendría nada de malo si no se basara en múltiples rivalidades y en códigos muy complejos donde el abandono es algo fácil, el apego es ambivalente y, por lo tanto, la desconfianza está en el aire entre nosotras.
A más inri, existe el imperioso mandato de gustarle a los chicos, se te despierte o no la hormona a esos años, te interesen ellos o no. Es un auténtico estado de espionaje, un saber hacer, hablar, parecer… Mucha energía destinada a leer las señales de códigos cambiantes.
Ahora de adultas se repite, entras en el sistema o pereces.
Yo tuve la gran suerte de superar estos dolores gracias a pertenecer al grupo de teatro del colegio, donde además había chicos guapos y deseados, lo que nos daba todo un halo raro y bohemio.
Después de nuestra madre, esas eran las mujeres de nuestra vida.
Salvando matices, el mensaje era estar alerta; tu mejor amiga igual mañana no te saludaba. Unas de las maneras de ganar popularidad era hablando mal de otras. Y, por supuesto, hacerles el juego a los chicos.
Has de estar monísima, bajo aprobación de las féminas -o con lo que esas adolescentes creen que ellos desean-, alertísima de los códigos y señales, tragarte el afecto y maquillarlo de dignidad.
El punto es que no hacía falta que pasara nada malo para que las amigas se hablaran o no, igual una ya no era tan guay, igual le daba vergüenza, igual se temía algo, pero era y es un tablero que se movía muy rápido.
Siguiendo con la idea de los códigos, normalmente la niña más retorcida y mala no era la “popular”, sino su séquito. Aquellas que entretejían estrategias para se bendecidas con ser de su grupo, eliminando a otras.
La trama consistía en hacer que todo el mundo perteneciera a un bando, aunque la cosa no fuera contigo. Las amigas de la guay en disputa hacían auténticas campañas de reclutamiento entre el resto de pupilas. Muchas caían en la trampa, por pertenecer y ser vistas, aunque probablemente sufrieran el trágico destino de ser al final cabeza de turco de la disputa. Bullying lo llaman ahora.
Éste ha sido el tablero de muchos patios. Y, con todo, aunque fuera menos complejo, era éste el primer abandono. Dicen que un hombre no es hombre hasta que escucha su nombre en boca de una mujer. Soberana estupidez.
Nosotras no somos mujeres cuando nos nombra un hombre, sino cuando otra mujer nos reconoce como tal. Ha de ser reconocida por sus pares, (por algún motivo probablemente patriarcal). Y después, se confirmará, cuando sea deseada por un hombre.
Antes de que te dejara el novio, querida, lloraste por tu amiga. Lo admitas o no. Fueras de las que ignoran o las ignoradas, todas hemos sido un poco de todo.
Este patio de colegio es lo que reproducimos entre mujeres hoy. No nos amamos de frente, honesta e incondicionalmente, no nos animamos de verdad a ser cada cual bella a nuestra manera, a plantear que igual a alguna no le gustan los chicos, o a otra pues, mira, lo de poner morritos tampoco. No lucimos nuestro amor y lealtad. O lo hacemos hasta que llega el guapo de clase y le damos un empujón a nuestra amiga y, si rueda por las escaleras, bueno, daños colaterales.
Sentada en la penumbra contemplaba ya con los ojos húmedos aquellas cuatro hermosas mujeres del teatro. Mujeres que habían pactado representarse, cantarse, moverse, traer al cuerpo historias sanadoras para todas.
En ese espacio vi que ese era el modo, por eso había luchado yo por los derechos de las mujeres, aun cuando no entendía sus códigos. – Y si, yo también me enfadaba por sus tretas y me llevaba mejor con los chicos-
Ese maravilloso escenario de amor y sororidad había sido mi “para qué”.
Vi que ese era el modo, sin nudos, con el corazón muy abierto.
Abramos el corazón para nosotras, entre nosotras, para salir al bosque.
Abre el corazón hermana.
Sal al bosque.
Sal al bosque.
Deja un comentario